Jueves. 14  de Diciembre de  2017

Lucía Ciccia

  • Conicet:

    Becaria Doctoral

  • Proyecto:

    La ficción de los sexos: hacia un pensamiento Neuroqueer desde la Epistemología Feminista

  • Descripción:

    A lo largo de la historia, las prácticas políticas que implicaron la violación sistemática de los derechos de las mujeres, y la imposición de una norma de conducta sexo-específica, requirieron de un sustento científico capaz de legitimarlas. En consecuencia, las investigaciones orientadas al estudio de las diferencias biológicas entre los sexos, siempre buscaron “corroborar” la inferioridad de la mujer (como un universal), que, a su vez, utilizando tal sesgo como justificación, era excluida de la producción misma del conocimiento científico[1].

    En este sentido, si bien el discurso científico siempre sostuvo la existencia de una incapacidad innata en la mujer, los argumentos para fundamentarla fueron cambiando de acuerdo al marco científico en el cual se desarrollaron. No obstante, tal como sostiene Diana Maffía, es factible identificar  un método en común utilizado por las ciencias, a fin de legitimar la superioridad masculina. Dicho método implica “A. señalar diferencias biológicas y psicológicas naturales e inevitables entre los hombres y las mujeres. B. jerarquizar esas diferencias de modo tal que las características femeninas son siempre e inescapablemente inferiores a las masculinas. C. justificar en tal inferioridad biológica el status social de las mujeres” (Maffía, 2014. P, 107).

    Quiero subrayar que, una vez establecido el punto A, sostener el punto B no es trivial para la ciencia, pues supone asumir que la no-igualdad implica jerarquía. En consecuencia, las categorías definidas como “hombre” y “mujer”, en tanto categorías biológicas, debieron ser comparadas ubicándolas en un plano cuantitativo, a fin de garantizar que sus diferencias fueran equivalentes a clasificar un cuerpo como superior al otro. Una vez lograda la legitimidad del punto B, el punto C es presentado como un devenir lógico e inevitable, al considera que el rol social es una extrapolación de la condición biológica.  

    Siguiendo la línea de análisis de Maffía, voy a explorar cómo las diferencias biológicas entre “hombres” y “mujeres” fueron construidas históricamente para legitimar el punto B. Específicamente, me centraré en la  nueva cosmovisión de los sexos que comenzó a instalarse a partir del nacimiento de la ciencia moderna, durante el siglo XVII. Propongo que dicho punto de inflexión, el cual significó abandonar la teoría Hipocrática-Aristotélica-Galénica respecto de los cuerpos, implicó centralizar las diferencias en un nuevo órgano: el cerebro. Siendo clave para consolidar la polarización de los roles sociales requerida por una sociedad pre-capitalista, el cerebro, algo que se podía pesar y medir, se convirtió en la piedra angular para garantizar no sólo la  subordinación de la mujer, sino también una organización jerárquica regida en términos de raza y de clase. Sostengo que las ciencias del cerebro fueron centrales para respaldar el estatus que la mujer debió tener en el orden social emergente.

    Me propongo describir cómo los discursos proto-feministas de los siglos XVII y XVIII, y posteriormente los de las tres olas del feminismo, intentaron ser neutralizados por los postulados provenientes de las ciencias del cerebro. De esta manera, la frenología surgida en el siglo XVIII contribuyó a las justificaciones biológicas que legitimaban la clasificación binaria de los cuerpos, adjudicando roles sexo-específicos: la mujer pertenecía por naturaleza al ámbito privado, mientras que el hombre estaba hecho para conquistar el espacio público. Considero que la profundización de dicha dicotomía, ocurrida durante la segunda mitad del siglo XIX, coincidió con el triunfo definitivo de la teoría de la “Localizalización cerebral”. Dicha teoría, significó asignar funciones específicas a áreas cerebrales determinadas. En efecto, el cerebro, que hasta ese entonces había sido un órgano inclasificable, comenzó a estudiarse más allá de las mediciones antropométricas planteadas por la frenología, posibilitando la agudización de los dimorfismos sexuales desde una perspectiva cerebral.

    Sumado a estos hechos, hacia finales de dicho siglo, el descubrimiento de la “neurona” como unidad funcional, revolucionó la forma de concebir los cerebros, sembrando los cimientos de las actuales Neurociencias.

    En definitiva, con distintos métodos de comparación y formas de argumentación, según los avances tecnológicos y científico-técnicos de la época, propongo que, a partir de la ciencia moderna,  el cerebro operó como el  fundamento biológico predilecto para legitimar el régimen sexual jerárquico y binario. En consecuencia, sostengo que son las Neurociencias quienes hoy representan la  autoridad científica capaz de respaldar una lectura de los cuerpos funcional a dicho régimen.

     



    [1] Es importante resaltar que en la antigüedad, la ciencia era casi exclusivamente patrimonio masculino. A lo largo de la edad media, la iglesia garantizó está continuidad. Finalmente, con la institucionalización de la ciencia a partir del siglo XVII, las mujeres quedaron oficialmente excluidas  de la producción de conocimiento científico hasta finales del siglo XIX, cuando se reglamentó el ingreso de la mujer a las universidades. Como sostiene Evelyn Fox Keller, hoy no es la ausencia relativa de mujeres lo que hace a la ciencia esencialmente masculina, sino la actividad científica misma. Es decir, la naturaleza de su metodología. “El hecho de que, incluso ahora, la población científica sea una población arrolladoramente masculina es en sí mismo una consecuencia más que una causa de la atribución de masculinidad al pensamiento científico” (Keller, 1991. P, 84). Keller sostiene que  la ciencia es un producto cultural. Para más detalle, ver Reflexiones sobre Género y Ciencia, 1991.

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